Meditar es…

Meditar es devolver la conciencia al núcleo quieto y silencioso que uno es, y dejar que desde ahí emerja, sin distorsiones, lo que de verdad importa. No es hacer un viaje hacia otro lugar, ni forzarse a vivir una aventura interior espectacular. Tampoco es volverse pasivo ni desentenderse de las responsabilidades del día. Meditar es, más bien, extraer poder del propio silencio para tener mayor discernimiento y claridad sobre lo que hay que hacer, para transformar hábitos, para ser quien uno realmente quiere ser. Es aprender a ser como una roca golpeada por las olas del mar que permanece estable, sin que el oleaje del ruido exterior la mueva de su sitio.

Me gusta explicarlo también con la palabra percibir. Cuando percibimos —a diferencia de cuando observamos, analizamos o etiquetamos— accedemos a la experiencia directa de lo que hay, sin conceptos ni imágenes de por medio. La percepción nos lleva al presente, y el presente nos lleva a la presencia. Por eso empiezo casi siempre por la respiración: percibir el aire que entra y el que sale, sentir el movimiento del diafragma, es la puerta más sencilla y más fiable que conozco para salir del discurso mental y entrar en el cuerpo, en el ahora, en lo que verdaderamente está ocurriendo.

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