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Gestionar el sufrimiento

22/04/2014

 

Sufrimos frustrados por lo que desearíamos que fuera y no es, por lo que esperábamos que hubiera sido y no fue, por lo que queremos que sea y no llega. Generamos pensamientos negativos repetitivos y nos anclamos en sen- tirnos víctimas, nuestro pesar aumenta y se vuelve adictivo. Cuando cavilamos mucho so- bre lo que no funciona, nos agotamos mental y emocionalmente, acumulamos malestar y no podemos decidir con claridad. Si además nos

anclamos en preguntas como “¿por qué sigues cometiendo los mismos errores?, ¿por qué me toca vivir esto?”, sentimos dolor, pena y rabia.

Podemos cambiar de rumbo si prestamos atención a lo que nos aporta bienestar, pre- guntándonos y conversando sobre qué solu- ción nos beneficiaría más, adónde nos gus- taría llegar, qué es lo que nos ilusiona. Según sea nuestro discurso interior, contribuimos a sufrir más o menos.

Cuando uno padece, suele tener más pre- guntas que respuestas. Si se repite la pregunta que le lleva a la tristeza y a la decepción, se queda atrapado en el pozo del sufrimiento. Para no incrementarlo, seamos conscientes de los interrogantes que nos planteamos y eli- jamos bien el que conviene.

Es necesario controlar nuestros pensa- mientos para que no provoquen un efecto de martillo sobre el clavo que a base de golpes profundiza en el agujero. Lo que ocurrió ya pasó, pero dejó herida, y con los pensamien- tos recurrentes de angustia, rencor o culpa nuestra herida no se cura. Entonces intenta- mos huir del sufrimiento. Huimos de él ab- sorbiéndonos en las acciones. Lo ocultamos con consumismo, juegos de azar, adicciones, acontecimientos deportivos. Tomamos deci- siones por miedo a sufrir o huyendo, y deja- mos conflictos por resolver. No afrontamos lo que nos ocurre, no nos permitimos sentirlo. Escapándonos del dolor, este se acumula en nuestro interior, hasta que uno se encuentra deprimido o con necesidad de explotar.

Si vivimos obsesionados por la satisfac- ción de lo inmediato y estamos permanente- mente huyendo de los inconvenientes y de las adversidades, nos debilitamos. Una sociedad que elimina el sufrimiento huyendo de él es frágil porque se siente permanentemen- te amenazada. La sociedad occidental está orientada hacia el éxito. Sufrir se asocia a fra- caso, a ser flojo, a no llegar, a sentir que uno no forma parte del sistema productivo y no sirve.

La esencia del obstáculo

“La mayoría de las personas tienen miedo de vol- ver a sí mismas, porque temen enfrentarse al do- lor que hay en su interior” (THICH NHAT HANH)

Tememos lo que desconocemos, lo que no tie- ne forma, lo que está en nuestra sombra, diría Carl G. Jung. Permitirnos espacios y tiempos para estar solos de vez en cuando facilita esta- blecer un diálogo interno con el cual descubrir y conectar con nuestra fuerza personal. Si uno está bien consigo mismo, le será más fácil es- tar bien en el entorno y con los otros. Si uno se siente cómodo, no huirá de sí mismo. Gozará estando solo y también en compañía. Es en la soledad cuando uno puede escucharse mejor. El sufrimiento emocional nos indica que qui- zá estamos aguantando algo que deberíamos soltar. Tal vez hemos de aprender a decir no o sí, o a poner límites; tal vez debemos cuidarnos más, o necesitamos más silencio.

Al no escuchar lo que el abatimiento nos señala, llega un momento en que se produce

una grieta interna. Hemos huido de nuestra propia voz interior que nos quiere comunicar algo. El desconsuelo indica la posibilidad de un cambio latente. Cuando encontramos el senti- do de nuestra angustia, esta se transforma.

Cambiar de piel

“Cuando el ser humano tiene un para qué, puede atravesar cualquier cómo” (VIKTOR FRANKL)

Con motivación se atraviesan las dificultades que se presentan para lograr nuestro objetivo. Cuando la serpiente tiene que desprenderse de su piel vieja, escoge transitar por dos pie- dras próximas que le aprieten, le rasquen y le ayuden a eliminar su piel. Ese tránsito le pro- voca dolor, pero le ayuda a deshacerse de lo viejo para dar lugar a lo nuevo. Es el final de un proceso y el inicio de otro. Y en ese trán- sito sufrimos. Si nos resistimos a atravesarlo, la angustia se incrementa, pues no soltamos lo que ya no nos aporta, lo que necesitamos, ni damos espacio a lo que quiere nacer. Uno puede enquistarse en ese dolor, alargando el padecimiento y haciéndolo agónico.

El sufrimiento nos indica que algo nuevo está naciendo. Si mantenemos puesta la mar- cha atrás, no avanzamos, podríamos decir que la herida se infecta. Si asumimos y pasamos el dolor, dejamos paso a lo nuevo. Hay que fluir aunque sea en mitad de la incertidumbre. No sabemos lo que nos espera después de ese cam- bio, y esa inquietud nos puede provocar una falta de fuerza interior. Sin embargo, despren- derse de lo que nos daña es lo que nos libera, nos fortalece y nos hace libres.

Por ejemplo, uno puede sentirse invadido por el sufrimiento que le provoca la pérdida de un ser querido y estar años y años padeciendo. O bien, aunque haya perdido a un hijo, a una madre, a un gran amigo, puede conectar con los momentos llenos de sentido y felicidad vividos con ellos, y aunque probablemente habrá una sombra de dolor con el recuerdo, este no ocupará ni nublará todo. Uno sentirá el agradecimiento por esos momentos.

Aligerar la carga

“En una sociedad que nos prohíbe nuestras debilidades, ¡qué liberador es manifestarse vulnerable!” (JAVIER MELLONI)

Cuando atravesamos el sufrimiento, nadie puede responder por otro. Este es un senti- miento intransferible y, aunque nos demos cuenta, nadie puede hacer nada, cada uno de- bemos recorrer ese camino por nosotros mis- mos. Si, para evitar que una mariposa sufra al

salir del capullo, le ayudamos a abrirlo, la ma- riposa no utiliza su propia fuerza, sus alas se debilitan y se muere. Es ella la que debe atrave- sarlo para fortalecerse y así poder volar. Cada uno tenemos que salir de las propias redes que nos envuelven y reforzarnos en el tránsito.

Sin embargo, compartir la dificultad, dar- le nombre y expresarla, aligera la carga. Es más fácil si lo identificamos, lo nombramos, lo escuchamos, lo miramos cara a cara y lo hu- manizamos. Lo que ocurre a veces es que la vergüenza o el miedo a lo que pensarán al ver nuestra vulnerabilidad o debilidad, o a que nos etiqueten como alguien fracasado, difi- culta que compartamos nuestro sufrimiento. Debemos aprender a acompañar al que se en- cuentra en esta situación sin juzgarle. Una mi- rada amorosa que acoge ese dolor y no juzga cuando uno se abre a ser escuchado y a com- partir ayuda a expresarse para soltar el dolor acumulado en nuestro interior. Y cuánto más hayamos pensado que seríamos juzgados, si descubrimos en el otro ternura y compren- sión, eso es profundamente liberador. Tener dónde expresar y manifestar lo que nos an- gustia descarga nuestro peso.

Para aligerar, nos ayudará también escri- bir. Elaborar una carta dirigida a uno mismo, en la que se conversa con la parte que sufre y está herida. Ejercitando la verdadera presen- cia, conseguimos aliviar la angustia que hay en nuestro interior.

Se trata de transformar las adversidades y los monstruos, que son nuestros miedos, en aliados sobre los que cabalgamos. El mito de san Jorge es un ejemplo de transformación: el miedo y el dolor que simboliza el dragón se convierten en una cabalgadura que libera a la princesa. San Jorge no mata al dragón, sino que monta sobre él porque lo ha integrado.

Entregarse en el tránsito que implica el sufrimiento y no eludirlo hace que aquello que parece un obstáculo y una gran devas- tación se convierta en una oportunidad. No es fácil dar este salto. Pero la clave está en confiar. En un espacio en el que impera este clima se crean nuevas dinámicas liberadoras que nos revitalizan y nos abren al sentido de vivir. Creemos que a cada instante respirare- mos, que a cada paso que demos el edificio aguantará, que cuando lleguemos a casa nos encontraremos con la persona a quien hemos dejado. Nuestra vida está hecha de confianza. Cuando nos convertimos en seres recelosos, nos deshumanizamos. La confianza nos hu- maniza. Vivamos en la fe radical de que todo tiene sentido más allá de lo que podemos per- cibir con nuestras cortas miradas .

Primer paso: escucharse.

No incrementemos el sufrimiento dándole vueltas en nuestro interior. Los primeros pasos para sentirnos aliviados son escucharse; luego, comunicarse, escribir, pasear por la naturaleza, rodearse de buenos entornos donde haya silencio y así dejar que salga lo que hay dentro para conseguir clarificarnos. De otra forma, las sombras internas se convierten en monstruos. Y como consecuencia, uno se siente impotente con los sentimientos que le acechan. Creemos tiempos y espacios para tomar perspectiva respecto a lo que vivimos. Paremos unos instantes varias veces al día y respiremos centrándonos de forma consciente en este acto. Practiquemos mirar y escuchar sin juzgar. Observemos. Reflexionemos. Meditemos. Tomemos distancia para no ahogarnos. Con la práctica de la atención plena y de la meditación generamos una actitud que nos permite reconocer y abrazar nuestro sufrimiento transformándolo.