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El diálogo con tono apreciativo

14/01/2014

A menudo en los encuentros o en reuniones no dialogamos, sino que nos limitamos a exponer nuestras opiniones sin escuchar ni construir sobre las de los otros. Cuando nuestro diálogo es auténtico, creamos un espacio en el que los participantes nos escuchamos, identificamos las propias opiniones y conocemos las del otro. El ignorarlas o no conocerlas nos lleva a reaccionar de acuerdo con lo que suponemos al respecto. Las suposiciones no siempre son acertadas y con frecuencia provocan malentendidos y decisiones sin fundamento cierto. Es bueno hacer hincapié en uno de los acuerdos que recomienda Miguel Ruiz en su libro Los cuatro acuerdos: una guía práctica para la libertad personal: «No hagas suposiciones ni saques conclusiones de todo precipitadamente. Al hacerlo, crees que lo que supones es cierto y creas una realidad sobre ello. No siempre es positiva ni guiada por el amor. Ten la valentía de preguntar, aclarar y expresar lo que quieres. Comunícate con los demás con la mayor claridad que puedas para
evitar malentendidos, tristeza y otros dramas. Con solo este acuerdo puedes transformar tu vida por completo». La etimología de la palabra “diálogo” es dia (“a través de”) y logos (“palabra”). Es el significado que fluye entre, en y a través de las personas que participan en el diálogo, a partir del cual puede emerger una nueva comprensión. El objetivo del diálogo, según David Bohm, uno de los grandes físicos del siglo xx, es penetrar en el proceso de pensamiento colectivo
y transformarlo. Comparándolo con la discusión (disgregar) cuyo objetivo es vencer (alguien gana y alguien pierde), el espíritu del diálogo sería “ganar-ganar”. Para que la comunicación pueda fluir con libertad, las personas debemos trabajar en un estado de superconductividad humana y aprender a no ofrecer resistencia, afirmó Bohm. Y comparó la comunicación humana con el flujo de electrones. Así como la resistencia en un circuito eléctrico hace que el flujo de corriente genere calor (energía desperdiciada), la comunicación en un grupo
también disipa energía. El principal obstáculo para el libre flujo de significados es nuestra manera de pensar. La mayoría de nosotros no ha desarrollado una consciencia que nos permita pensar de manera integral, y lo hacemos de modo fragmentado. En lugar de buscar un significado compartido, defendemos nuestra visión particular. Quizá deberíamos reconocer la “falta de sentido” que existe a menudo en la visión fragmentada: lo separados que estamos, los problemas colectivos que afrontamos. Muchos de los problemas que observamos en las
familias, en los equipos de trabajo o en las grandes empresas y la incapacidad para resolverlos, se deben a que pensamos de manera individualizada y sin visión colectiva. No aplicamos el pensamiento sistémico ni colectivo. La fragmentación, la polarización y el aislamiento que resultan de ello nos impiden
relacionarnos de forma productiva. En los diálogos que promovemos con la Indagación Apreciativa (IA) buscamos un significado compartido, fuera de la fragmentación y el pensamiento individual inconexo, con la realidad colectiva.
Si el pensar colectivo es un arroyo continuo, dice Bohm, los “pensamientos” son como hojas flotando en las aguas que acarician las orillas. «Recogemos las hojas y creemos erróneamente que son nuestras, porque no atinamos a ver el arroyo del pensar colectivo quelas arrastra…». Al dialogar comenzamos a ver el arroyo que fluye entre las orillas. Participamos en esta reserva de significado común, con posibilidad de constante desarrollo y cambio. En los Diálogos Apreciativos permitimos el flujo permanente y la evolución de los significados, así podemos concebir nuevas acciones y encontramos soluciones innovadoras.
El Diálogo Apreciativo crea las condiciones para que podamos compartir significados colectivos y darnos cuenta de que formamos parte de un todo. En los diálogos que fomentamos con la IA se disuelven las resistencias potenciando la positividad y la apreciatividad para que fluya la comunicación. «El diálogo es abrazar diferentes puntos de vista —literalmente, el arte de pensar juntos, afirma William Isaacs—. En el diálogo aprendemos a utilizar la energía de nuestras diferencias para realzar la sabiduría colectiva.


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